De prejuicios absurdos


Siempre la gente dice que soy muy joven para hacer lo que hago. Eres muy joven para trabajar en lo que trabajas. Eres muy joven para conducir una moto tan grande. Eres muy joven para tu pareja. Eres muy joven para escribir como escribes. Eres muy joven para pensar como piensas. Eres muy joven para las aspiraciones que tienes. Son frases con las que me tengo que enfrentar a diario. ¿Y sabéis lo que os digo? Que me la suda. Demuestra lo estrecha que tenéis la mente y lo grande que tenéis la boca. Ahora soy demasiado joven, luego seré demasiado vieja. Aquí no hay puntos intermedios. Así funcionan las críticas destructivas de la gente. Siempre eres demasiado o demasiado poco para hacer lo que haces. Busco (al igual que el resto de la humanidad sin mayúscula) mi felicidad, y mientras todo lo que diga y todo lo que haga sea consecuente con lo que piense y siento, estaré en el camino correcto. Para atrás solo para coger impulso. He dicho.

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No vales menos

No vales menos. No vales menos por ser mujer. No vales menos por ser más baja, más alta, más delgada o más gorda. No vales menos por ser más fea o más tonta. Ni por tener tatuado todo el cuerpo. Ni por tener “aficiones de chico”.No vales menos por ser hombre. Por ser más introvertido o tímido. Por estar solo. Por tenerla más grande o más pequeña. Ni por ser homosexual. Ni por tener la piel de otro color. 

No importa la edad, no importa el sexo, no importa la raza ni si uno es ateo o creyente. No importa. 

Porque cuando alguien expulsa de su vida a otro alguien por alguna de esas cuestiones anteriormente nombradas, solo demuestra lo cerrada que es su mente y lo estrecha que tiene la boca.

Las diferencias son necesarias. Las críticas nos limitan. Los prejuicios nos queman en vida.

El mundo comenzará a funcionar el día en el que empecemos a ser tolerantes con esas diferencias. El día en el que nos dé igual admitir que nos hemos enamorado de un gordo, o de un feo, o de un calvo. O de un tío que es todo lo contrario a listo. O de uno que tiene 60 tacos. O de uno que tiene todo lo anterior. Qué más dará. 

El corazón tiene razones que la razón desconoce. Y no lo digo yo. Que lo dijo Blaise Pascal hace la tira de años. Y tenía razón. Por todo esto, ahí va un consejo que no me has pedido: enamórate de las diferencias. Porque de ellas surge la chispa originaria de la hoguera de lo eterno. Aunque solo dure un instante.

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Tampoco pido tanto

Solo unas horas contigo. Quizá mirarte y hablarte. De nada en particular, dejar que todo fluya. Que pase el tiempo pero que se pare el reloj, la vida, las circunstancias. Conversar de todo aquello que se nos ocurra, y de lo que no también. Descifrarte, ver cómo tratas de recordar esas anécdotas irrelevantes y, mientras, sonsacarte esas ideas tan tuyas que ya son nuestras. Verte en apuros cuando se producen esos silencios que para cualquier mortal podrían ser incómodos, pero que en la vida, en la poesía, en la música y en cualquier arte en general son necesarios. Los silencios en cualquier obra pueden ser tan importantes como los sonidos. Las pausas. Los puntos y aparte.

Tampoco pido tanto. Verte, que ya no mirarte. Pasear mis ojos por tu piel, aunque no esté desnuda. Contemplar cómo ríes tímidamente, cómo observas las constelaciones de sucesos que ocurren a tu alrededor. Ver cómo desapareces y apareces, dejándome con palabras en los labios. Con sueños en el tintero. Pido que los kilómetros no nos separen tan implacablemente.

Cualquiera podría atisbar aquí un texto con matices románticos. Lejos, muy lejos de eso están estas palabras. Están lejos porque no quiero poseerte, no quiero dominarte. Solo acompañarte, como el viento cuando acompaña a las hojas que caen. Aunque sea verano.

Tampoco pido tanto. Verte jugar como cuando eras un crío, con la misma sonrisa pícara que se asoma cuando me miras. Ver cómo te revuelves, cómo bromeas y cómo me abrazas con esa manera tan tuya de quitarle importancia a los gestos cariñosos y a tus piropos desinteresados.

Tampoco pido tanto. Solo que llegues a mi vida para quedarte. Para ponerla patas arriba, aunque ya lo has hecho y eso que hemos coincidido poco. Que te quedes a mi lado aunque nos separen comunidades. Y que siempre permanezcas. Aunque sea en mi memoria.

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Podría despeinarte

Podría cambiarte la vida. Podría despeinarte, decirte que solo vivimos una vez, que lo aproveches. Aunque cada cual tiene su forma de aprovechar su tiempo. Para mí, la vida es viento. Siempre en movimiento, aunque a veces parezca calmo. Pasa sin que te des cuenta, como cuando un poeta con su bella voz rota dicta al ritmo de sus latidos unos versos sobre una de las mil vidas que ha vivido. Es esa música que te traspasa como un fantasma, te eriza la piel y te emociona. Es esa ciencia inexacta de la que nadie sabe nada pero sobre la que todo el mundo teoriza e intenta, vanamente, adivinar. Ese viaje del que ninguno volvemos. 

Es viento porque nos azota, porque nos corta la cara y a veces va en nuestra contra. Pero a veces también va a nuestro favor, a veces nos ayuda a llegar allí donde queremos. Nos permite planear . Aunque no sepamos dónde ni el qué. Todo aquí es una incógnita, pero que no te quepa duda de que puedes decidir. Puedes elegir cada paso que des, sabiendo que dar uno implica dejar de lado a otros. A cada paso que damos, nosotros escogemos. Quiero para mí esto y no esto otro. No confío en que haya nada preestablecido, la verdad. Confío en la voluntad de cada uno y no en un destino claro e innato.

Para mí, es viento porque te despeina. Como las mejores sensaciones que experimentamos a lo largo de nuestra vida. Quiero despeinarte el cabello y los pensamientos. También los recuerdos. Quiero alterarte, acompasarte y todo lo que acabe en arte. 

Al final, todos estos pensamientos se los lleva el viento, que es la vida.

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Como aviones

Tú. Yo. Jamás será nosotros. ¿Dónde se irá la tensión sexual no resuelta? Son tantas las preguntas y tan débiles las respuestas. Si la vida nos pone en el medio justamente a las personas que tenemos que conocer, por qué tú. Por qué me canso y empiezo. Cojo fuerzas y termino. De dónde la desgana por vivir o de pasear por los segundos que se convierten en horas. Por qué ese libro cayó en mis ojos y no otro y por qué las letras dispuestas de aquella manera y no de esa otra. La musicalidad de tu rostro denota carisma y picardía, y el silencio de tus ojos vacíos todo lo llenan. Hablamos de la vida y tus palabras llenan de colores mi mente, hablamos del trabajo y solo salen sílabas vacías. Porque las reflexiones personales y profundas dichas en voz alta pierden fuerza y ganan enemigos. Jamás sabrás lo que pasaba por mi cabeza cuando callaba, o cuando te miraba buscando auxilio. Cuando le pedía socorro al océano de tus ojos, a pesar de no ser azules. Jamás sabrás lo que pasaba por mi cabeza cuando me tocaba cualquier ínfima parte de tu cuerpo, o cuando recorría con mis ojos la punta de tus labios. No lo sabrás porque de mi boca nunca saldrá nada que pueda implicarme en cualquier acto delictivo como el de invadirte. Invadir tu cuerpo y tu boca. Qué mejor acto delictivo que ese. Pero no ocurrirá. Porque, a pesar de coger el mismo vuelo, volamos en aviones diferentes.

 

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Sin ser, ni oír, ni dar

No sé cómo se llega al punto en el que piensas que toda tu vida se derrumba. No sé si es la tristeza, el amor, o las pocas ganas de hacer nada. Cómo dirigir tu vida si sabes que pendes de un hilo tan fino y tan sutil que es imperceptible algunas veces.

A dónde van a parar los errores cometidos, y si es verdad que de los errores se aprende son interrogantes que rondan mi cabeza mil veces por segundo. Si de los errores se aprende, he aprendido mucho en los últimos meses. Si por las meteduras de pata se paga, mis errores me han dejado en números rojos. 

La vida se vuelve a veces tan cuesta arriba que me dan ganas de desistir, de dejar de luchar, de parar y empezar a dejar que las cosas pasen por mí sin pasar yo por ellas. Por qué cojones me tocaron a mi las dificultades más cabronas, por qué esto me suena a victimismo barato cada vez que lo releo. 

A veces me callo por no gritar. A veces me odio tanto a mí misma que no sé ni por dónde empezarme.

Por qué he empezado a escribir un entrada ahora, aparte de por la mala leche y por la tristeza, si ya llevo unos meses en los que pocas cosas me levantan.

No veo la lógica de la vida. No veo por qué tengo que llamar a la puerta para entrar en el cielo de tu boca. Y tampoco entiendo esta última salida de tono. Por qué hablar de amor en una entrada en la que hablo de errores. Qué pasa si mezclamos los errores con el amor. 

A veces siento la necesidad de volar, y otras la necesidad de encerrarme. A veces me pregunto por qué me cuesta tanto contar lo que me pasa por dentro, lo que se pasea por mi cabeza y por mi cuerpo. Por qué me cuesta hablar justamente sobre lo que aquí escribo, y por qué lo escribo           

y no lo canto.

Hablo de errores, y hablo de los míos. Hablo de sentimientos y me parece una auténtica mierda lo que escribo. Y escribo justamente porque no hablo. Y quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra.

(El título es de una letra de una canción de Extremoduro)

 

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Así funcionan las cosas

Si un país es una catedral y la gente son las piedras, la historia es la argamasa. Sin argamasa no hay piedras que valgan.

(Arturo Pérez-Reverte)

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Nada que no haya gritado ya

La verdad que no sé ni por dónde comenzar. No sé qué decir después de tanto tiempo sin pasearme por aquí. Lo dejé porque me sentí desterrada de mi propio terreno y desde entonces nada ha vuelto a ser igual respecto a la escritura. La verdad es que escribo casi sin ganas, porque sé cual va a ser el resultado de cualquier texto publicado: los lectores van a buscar en esta entrada un estado de ánimo, unas palabras, unos sentimientos bastante predecibles, y la verdad que tampoco quiero eso, pero escribiré lo que me salga y como me salga. Y que cada uno interprete como quiera.

El caso es que empiezo a pensar, empiezo a adentrarme en mis pensamientos y me pierdo. Llevo tiempo con ese sentimiento, no sé. Es difícil expresarse cuando piensas que toda palabra se queda corta para describir cualquier parcela de realidad. He intentado mil veces escribir algo en papel para sacar algo, pero a las dos palabras tengo que dejarlo porque me atraganto con las letras que no escribo. Realmente dudo de si esto es un arte. Yo lo llamaría el arte de la autodestrucción. En fin. Cómo describir lo que pasa por aquí dentro…si llevo tiempo sin tocar un libro que no sea de texto. Perdí hace tiempo buenos hábitos que me sacaban directamente a la superficie, así que podríamos decir que ahora ando perdida en una llanura abisal de esas. Muchas veces he tenido esa sensación de ser un espectador de mi propia vida: veo sucesos que pasan como en una película, sin yo poder intervenir. Soy la de las toses, la de las palomitas desparramadas por el suelo, la de las conversaciones a grito pelado en una sala repleta de ficciones que explican (o intentan explicar) la realidad.

No sé cómo seguir. Solo sé que me pierdo. Que cualquier cosa que escriba no me va a servir de nada, porque antes escribía para aclararme, pero ahora no hay nada que aclarar. Ni blanco ni negro. Mejor azul, como la vida. Describiría imágenes o paisajes, pero no hay tiempo. No tengo nada que decir que no haya gritado ya. Otro día más y espero que mejor, porque la verdad es que hoy no sale nada de nada.

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Acrobacias de la imaginación

(No se me permite citar la procedencia de la imagen) 🙂

Había olvidado ya lo difícil que resulta juntar palabras formando frases lógicas (y algunas que no lo son tanto). Y la verdad, todavía sigo buscando una razón que me explique por qué he empezado a teclear todo lo que me pasa por la mente. Quizá demasiado tiempo con la cabeza y los dedos en barbecho hacen algo diferente, algo que merezca la pena ser leído.

Durante este tiempo, mi cabeza ha sufrido cambios, puesto que está claro que el amargo transcurrir de los días significa ir creciendo. El transcurrir de las horas significan millones y millones de pensamientos nuevos y millones de sensaciones aún por experimentar. Los cambios son buenos, dicen. Y yo digo que los cambios no son buenos, sino que son obligatorios, al igual que el sufrimiento o las alegrías que éstos producen.

El estar tanto tiempo sin escribir, implican muchos momentos vividos que quisiera retener en la memoria, y que, de forma inevitable, ya se han ido para no volver. Pero bueno, se supone que el pasado no es necesario recordarlo tal cual fue, sino que mejor es recordar las enseñanzas que nos dejó ancladas en la memoria. Mejor es recordar las huellas más profundas, porque las otras, por superficiales, son completamente inútiles.

Como único recuerdo apropiado para contar aquí, sólo uno: el encuentro con cierta persona que ha leído hasta la última coma de este blog sin pedir nunca nada a cambio. Sé que lo lee por el gusto de sentirse identificado con algunas de mis palabras, o por el gusto de encontrar algo más o menos inteligente en algunos de los recovecos de este lugar.

La lectura de un blog de estas características, centrado más que nada en los propios sentimientos y pensamientos, implica muchas cosas. Implica que los lectores te conozcan más a fondo de lo que lo hace, ya no solo cualquier conocido, sino también cualquier persona cercana a ti. Implica también que cualquiera que pasee sus ojos por éstas palabras, pueda decidir cómo usarlas: algunos las emplean para hacer daño, algunos como medio para conocer mejor al escritor en cuestión, algunos como una forma de sentirse identificado, etc.

Las palabras son tan reducidas y el abanico de interpretaciones tan amplio, que cada uno puede usar las palabras como mejor le parezca.

El caso es que hoy las palabras van sólo en una dirección: el agradecimiento. Recuerdo el encuentro con dicha persona, y recuerdo cómo nuestros ojos intercambiaban palabras. Recuerdo cómo a través de una conversación superficial, llegué a atisbar todo lo hondo de una mirada que siente curiosidad por lo que te ocurre por dentro. Recuerdo a dos personas hablando en medio de la calle, olvidando que éste mundo es a veces tan enrevesado como simple. Recuerdo a dos personas hablando, y creo que eso es todo por hoy.  Hoy la entrada va por él.

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A tientas en la noche de la vida

Si hoy escribo, no es ni por petición de muchos ni por ganas, sino por necesidad. Quizá pueda decir que estoy cansada de vomitar palabras, pero no es en absoluto cierto. Estoy cansada de ver palabras vomitadas sin sentido, y esta vez no hablo de palabras mías. Y me dirán que quién me manda meterme en ciertos sitios para leer cosas que atentan contra la propia estupidez (por no decir algo quizá más ofensivo) del autor. No quiero volver a la misma espiral de siempre, y no lo pienso hacer.

No he escrito en mucho tiempo, pero eso no quiere decir que no haya reflexionado, que no haya mirado más allá del horizonte de mis pupilas o de mis párpados, o quizá más allá de las fronteras. He mirado a mi alrededor, pero no he visto nada fuera de lo normal: millones y millones de personas iguales que se creen diferentes. Es increíble lo egocéntrico y gilipollas (aparte de autodestructivo) que puede llegar a ser uno. He mirado y he buscado, pero no he visto y no he encontrado.

He buscado palabras para describir estados de ánimo; he buscado sinónimos de inteligencia y de felicidad, y también de los errores cometidos a lo largo del camino. He buscado verbos para conjugar los sueños, y me he encontrado con telarañas de ignorancia y melancolía.

He encontrado el amor escondido en dulces momentos de soledad y de tristeza. He caído mil veces y me he levantado sin saber hacia dónde me dirigía y me dirijo, a tientas en la noche de la vida. Como todos.

Hoy escribo porque a veces la ansiedad se juntan con las ganas de llorar y de reír al mismo tiempo. Porque con la respiración entrecortada y unos dedos que responden vagamente, se puede llegar a pocos sitios o a muchos, aunque esta vez considere que es más una entrada como terapia y no como origen de algo más. No por placer, sino por necesidad.

 

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